Así como se ha hecho común en nuestra sociedad la automedicación y el uso de drogas permitidas para evadirse de situaciones angustiantes, evitar el estrés, el cansancio, el dolor o el insomnio, también en el deporte existe esta tendencia.
La posibilidad de ser un atleta destacado depende en primer lugar de las características físicas y psicológicas que se heredan a través de los genes. A estas condiciones naturales es necesario sumar un entrenamiento metódico y una nutrición adecuada. Sin embargo, la compulsión por alcanzar el podio y por permanecer entre los primeros, las presiones que ejercen los sponsors de los deportistas, y la manipulación de los medios, entre otros factores, han exacerbado la competencia más allá de lo razonable. ¿Cuántas veces un atleta puede superar su propio récord? ¿Cuál es el punto máximo de rendimiento cuando el medio presiona y pide más a quienes son objeto del deseo colectivo?
La naturaleza humana tiene límites. A menos que al hombre le crezcan alas, no

podrá realizar proezas fuera de los parámetros considerados normales para un cuerpo humano y sin embargo, pareciera ser ésa la única manera de mantenerse en la cima. En la búsqueda desesperada de elementos que le permitan derrotar al oponente y sobresalir en su especialidad, algunos deportistas han experimentado con todo tipo de sustancias, naturales y artificiales, para aumentar el rendimiento hasta extremos insospechados.
Sería ingenuo pensar que ese esfuerzo descomunal es inocuo para quien lo practica. Se sabe que el consumo de cualquier tipo de sustancia ajena al organismo con la finalidad de forzar el cuerpo más allá de sus posibilidades deja secuelas impredecibles a corto y mediano plazo. No obstante, muchos atletas sucumben ante la urgente necesidad de lograr éxito deportivo, prestigio social y provecho económico y no miden el riesgo al que se exponen. Con el tiempo el deterioro físico y psíquico se acelera e intensifica, lo cual provoca el derrumbe prematuro de quien podría haber tenido una vida deportiva mucho más dilatada y gratificante.
Fuente: Fundación Manantiales
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